Comune di Genova

AICE 2004

VIII Congresso Internazionale delle Città Educative

Un'altra città è possibile. Il futuro delle città come progetto collettivo

Sesión plenaria IV

Sábado 20 novembre

La ciudad invisible. El futuro de las ciudades como redes de proyectos colectivos

  1. Luigi Ciotti
    Sacerdote comprometido en la lucha contra la exclusión social, fundador del "Grupo Abele" de Turín (Italia)
  2. Michael Singleton
    Antropólogo, Universidad de Louvain (Bélgica)

1. Luigi Ciotti

El valor de la duda y la importancia de ser analfabetos

Quisiera empezar por el final. Quisiera empezar diciendo, ante todo a mí mismo, que otra ciudad es posible si nos dejamos alcanzar, sin temores, por la duda. Creo que la conciencia de los límites de nuestros confines es el gran patrimonio que nos permite conocer límites y confines de los demás. En nuestro camino, dejarnos coger por la duda es nuestra fuerza. Desconfío de quienes lo han entendido todo, de quienes lo saben todo, de quienes lo celebran todo. El año que viene el Grupo Abele cumple cuarenta años. Esta realidad, que nació por la calle, en las entrañas de una ciudad como Turín, me brindó el privilegio de hacer la elección de dormir durante tres años en los trenes de la estación de Porta Nuova junto a aquel mundo invisible, en los márgenes, etiquetado, excluido, que en aquellos años vivía allí. Y luego promover con otros, con muchos otros, caminos de esperanza. En estos cuarenta años siempre he percibido que aquellas dudas que desde el comienzo me han atravesado a la hora de enfrentarme con la vida de las personas que viven en nuestras calles son una riqueza, un valor. Si puedo expresar un deseo, que habría citado al final, pero siendo animado por el profesor lo hago ahora, digo que siempre deseo para mí mismo, pero también lo deseo para Ustedes, que seamos analfabetos. Que nunca nos quedamos con la conciencia tranquila, por el hecho de haber llegado a algo, y tampoco estar seguros a raíz de las experiencias que hacemos concretamente. Es importante estudiar siempre. Verificar. Interrogarnos a nosotros mismos. Éste es el VIII Congreso Internacional: no nos paramos en las primeras etapas, en los primeros momentos, se mantuvo fuerte el deseo del estímulo, de la confrontación, del estudio, de la búsqueda. Yo entiendo el ser analfabetos precisamente en este sentido. El hecho de no perder nunca las ganas de ponerse en juego. Tengo miedo ante los que se pararon quedando atascados por su pasado y sus experiencias. La importancia del estímulo, la confrontación, la escucha recíproca, pero sobre todo la escucha de la gente de nuestras ciudades, es nuestro termómetro. Lo que nos anima, nos estimula, nos traza los caminos del cambio.

 

Trabajar juntos con atención a las “y”, con un sano estrabismo y una sana rabia

El tercer paso que me parece importante dar, que Ustedes me enseñan, y que para mí también en otros ámbitos se ha hecho importante y fundamental, es que nuestro presente y nuestro futuro se construyen con una pequeña consonante: la conjunción “y”. Porque “otra ciudad es posible”, Ustedes lo experimentaron - las relaciones y la confrontación de estos días, pero también de estos años, lo testimoniaron – es necesario trabajar juntos, construir juntos. Realidades diferentes entre ellas, lo público y lo privado, la política y la universidad, los que trabajan en la calle, las varias figuras de operadores, y las personas, los ciudadanos. Siempre un poco estrábicos, mirando con un ojo a nuestra propia ciudad, nuestra propia realidad, pero con un ojo también a la mundialidad. Nuestro futuro, entonces, no necesita “o” sino “y”. Ésta es la clave. Luego podemos discutir durante días, pero si no hay dudas, si no hay concienciación del valor de una búsqueda continua, si no somos analfabetos y si no existe la “y”, que significa “juntos”, otra ciudad no es posible. De la misma forma, creo que un operador, un político, un administrador, no puede no llevar consigo como patrimonio la rabia, la ira. Porque Ustedes saben que la rabia es un movimiento del alma, es una emoción fuerte. Es un sentimiento profundo. La rabia, que a veces es cólera, a veces indignación, a veces ira, es un acto de amor, de amor grande. Porque no es posible no enfadarse ante muchas de las situaciones concretas que encontramos en nuestras realidades. Ante los rostros de quien trabaja duro, ante la pobreza, ante las injusticias. Esta rabia sana es importante. Un operador, un profesor, no puede no sentir esta rabia, entendida en este sentido, como un acto profundo de amor. Y cuando tú encuentras a alguien que habla de los problemas de los demás, si no percibes esta pasión adentro, no sientes que es posible otra ciudad, porque el desarrollo de la comunidad necesita precisamente nuestra pasión que está hecha de razón, inteligencia y corazón.

 

La atención ante el estupor para que nuestro trabajo no se convierta en un oficio

Otro paso. Y me lo digo a mí mismo, miren que soy el primero que debe interrogarse. Las motivaciones no se pueden dar por sentadas de una vez para siempre. Las motivaciones que nos incitaron, quizá ayer, a actuar, a comprometernos, a entrar en juego en nuestras ciudades, con funciones y competencias diferentes, siempre precisan ser actualizadas, nuevamente motivadas, necesitan formación, porque el nuestro actuar no puede ser sólo oficio. No podemos permitirnos que se convierta en una rutina. ¿Y saben cuál es el metro? Muchas veces uno se equivoca, tiene que volver a empezar por el principio, no es todo simple, no es todo fácil… Pero una cosa es fundamental: nuestro pequeño metro es cuando el estupor ya no nos alcanza. Cuando ya no hay estupor. Haces cosas, pero todo se convierte en rutina, en “oficio”. Permítanme entonces decir - como compromiso para que otra ciudad sea posible: actualicemos siempre nuestras motivaciones. A veces también es necesario pararse para interrogarse adentro, para comprobarlas. Durante estos años no he trabajado sólo en el mundo de la marginalidad y la exclusión, sino también en el mundo de la inclusión, porque es un error, es un error grave, que nuestras realidades se comprometan sólo en el mundo de la marginación. Porque si el patrimonio de conocer cara a cara la historia de las personas no es traducido también a propuestas, estímulos y proyectos con los “integrados”, no habrá ningún cambio. Habrá dos mundos que siempre estarán opuestos. Hay que trabajar con esas “y” que mencioné antes. Nuestras realidades han aprendido, a veces equivocándose, que no podemos cerrarnos sólo en el recinto del mundo con generosidad, con empeño; no basta. Hay que vivir este continuo trasiego, para que ese patrimonio, esas experiencias y esas vivencias, tú los lleves a echar una mano para que crezca ese mundo de “integrados”. Si no, será muro contra muro. Hay que aumentar el nivel de conocimiento, de concienciación de la gente, mutuamente, con lenguajes, con método. Si no otra ciudad nunca será posible. Habrá delegados que se dedican a los marginados y  los excluidos y luego el mundo de los incluidos. No. Las realidades deben gastarse y construirse juntas.  Y ello es lo que yo trato de hacer con muchos amigos. Varias veces dicen: “Ese fulano se ocupa de marginados, lucha contra la mafia, pobres, encarcelados, SIDA, droga, prostitución…”. No. Estamos al lado de las personas para hacer que todos seamos ciudadanos verdaderos, todos. Y durante estos cuarenta años, se pueden compartir fatigas, esperanzas, errores pero también o concreto y, espero, la coherencia y  continuidad de un compromiso, la historia del contacto personal con las personas, tanto integradas como excluidas, me enseñó y me entregó cuatro llaves que nunca se deben perder, porque son fundamentales. Luego podemos escoger métodos, recorridos, estrategia, redes, lo que sea, pero estas cuatro llaves no se pueden perder.

 

La primera llave: encontrar a las personas y afrontar las dificultades

La primera llave es que somos llamados a encontrar a las personas y afrontar las dificultades,  y no lo contrario. Lamentablemente hoy mucha gente afronta las personas, afronta al detenido, afronta al anciano, afrontan al inmigrado. Las personas hay que encontrarlas, todas. Las dificultades se afrontan, y para afrontarlas cabe conocerlas. Hay que leer sus cambios y sus transformaciones. Hace treinta y cinco años las drogas que conocía eran las anfetaminas, sobre las que se bebía, se hacía la bomba, luego llegó la heroína, luego las drogas químicas y sintéticas. Nadie, hace años, hablaba de otra forma de dependencia como la anorexia y la bulimia. Nadie hablaría de formas de dependencia como aquellas de jóvenes que están frente el ordenador durante horas y horas al día en plena soledad. Hay personas que en plena soledad viven esta forma de dependencia porque están solas. O juegan a los videopoker. Formas nuevas que nosotros nunca hubiéramos imaginado. Para afrontar las dificultades y encontrar a las personas debemos conocer las nuevas dificultades. Dentro de nuestra ciudad estamos llamados a enterarnos.

 

La segunda llave: acompañar y no llevar

La segunda llave es la de acompañar y no llevar. Puede parecer algo banal, pero muchas veces corremos el riesgo que los proyectos y los caminos trazados correspondan a un mundo ajeno, porque así es más rápido, aparentemente se tienen más instrumentos. Sin embargo, Uds. me enseñan, sino no hablaríamos de ciudad educadora, que acompañar significa precisamente construir juntos, proyectar juntos. Significa que nuestros jóvenes no son recipientes por llenar sino que son protagonistas, capaces de participación real. Hemos escuchado en estos años, como en estos días, estupendas experiencias, concretas, diarias, que lo perciben y lo viven todo ello, que acompañan, y acompañar cuesta mucho, mucho más que llevar adelante una idea y un proyecto.

 

La tercera llave: no alcanzan las respuestas técnicas

Y la tercera llave, que también aquí hemos aprendido, es que no alcanzan las respuestas técnicas. En algunas realidades escuchamos a alguien diciendo: “Hagamos campos deportivos para los jóvenes, gimnasios, jardines bonitos”. Claro que también las respuestas técnicas son importantes, como estos espacios. Pero luego, si no los llenamos de relaciones y contenidos, ¿qué vamos a hacer con estos? Nuestros muchachos necesitan tener puntos de referencia además de respuestas técnicas; necesitan relaciones directas, cara a cara, comunicación. Son cosas que muchas ciudades aquí presentes viven y experimentan. Pero debemos volver a afirmar esto con más fuerza. Este comezón del más debe pertenecernos a todos porque yendo adelante en los años corremos el riesgo de perder un poco la brújula, arrebatados por miles de circunstancias.

 

La cuarta llave: nunca empezar por los problemas de la gente, sino siempre por sus necesidades

Y la cuarta llave, que para mí siempre fue muy importante, es la de que nunca hay que empezar por los problemas de la gente, sino siempre por sus necesidades. Hay personas que empiezan por los problemas. Para mí ha sido importante, a lo largo de estos años, empezar por el conocimiento del problema del alcoholismo, las dependencias en sus varias formas, la realidad de la cárcel, las viviendas para el pueblo de la calle y personas sin morada fija, las varias formas de exclusión y marginación. Claro que uno empieza conociendo el problema por que es una obligación conocerlo, meterse en él, profundizarlo. Pero luego nuestras intervenciones, para construir otra ciudad posible, empiezan por las necesidades teniendo en cuenta el problema. Y las necesidades son iguales para todo el mundo, son precisamente iguales para todos. Durante estos años, pero lo veo cada vez más en la historia de las personas, cuatro elementos muy descarados piden nuestras intervenciones de cierto modo.

 

No necesitamos ciudades seguras sino ciudades vivibles

El primer elemento fuerte hoy es la seguridad. Pero no la seguridad de nuestras ciudades, obsesión que nos está engañando a todos. No necesitamos ciudades seguras sino ciudades vivibles. Y el nivel de vivibilidad de una ciudad se mide por la capacidad de relaciones humanas y relaciones sociales. Entonces se convierten en ciudades seguras. Ello no significa que no se debe defender el derecho a la seguridad que todos los ciudadanos tienen. En catorce municipios del primer cinturón de Milán, afectados por hechos a veces trágicos (el asesinato de un joyero durante un robo, de un estanquero), algunos buenos alcaldes pero también buenas realidades se juntaron intentando crear una dimensión de ciudad vivible con la participación de todas las asociaciones y movimientos, de la magistratura a las fuerzas de orden público, de la escuela a los comerciantes, de las viviendas a las iglesias. Una ciudad vivible necesita por tanto la contribución de todos y no del atajo de quien, en el nombre de la seguridad, deja que otros se dediquen a ello. Y el camino de la ciudad educadora consolida esta dimensión. Pero hay otra necesidad de seguridad que la historia de las personas me enseñó - que enseñó a Uds. y a mí, y que yo me permito repetir en voz alta, porque esto no se puede olvidar - que la gente, nuestros muchachos sobre todo pero no sólo, nos piden otra seguridad, que es el sentimiento de contar, de ser importantes para alguien. Es esto que los muchachos nos piden. Empezando por la seguridad de contar en familia, en la escuela, en el territorio. Es fuerte la necesidad de sentirse reconocidos por los adultos, ser valorizados, acogidos, hechos partícipes, protagonistas. De sentir que tenemos confianza en ellos. Esto nos no lo piden solamente nuestros muchachos. Claro, los muchachos nos piden que les acompañemos hacia un camino de autonomía, y Uds. me enseñan que no hay crecimiento sin ejercer la libertad y no se asume la libertad sin asumir el riesgo. Entonces es necesario echarles una mano a los padres a acompañar este proceso de crecimiento hoy; no miremos hacia el ayer, sino hacia el hoy, en el contexto de hoy. Y en el contexto de hoy, si hay una realidad que fatiga más que otras, es precisamente la familia, que tiene un papel y una responsabilidad educativa. A menudo faltan, en muchas realidades, referencias accesibles que ayuden a las familias desde el punto de vista de la orientación. No cuando ha estallado un problema fuerte, difícil, pesado, sino dentro de un marco de normalidad absoluta y de cotidianidad.

 

Educar para asumir responsabilidades

Y otra gran necesidad que Uds. conocen y me enseñan, es ayudarles a nuestros chicos a asumir responsabilidades; este es un punto de llegada que pasa a través de la experimentación de libertad y autonomía. Pero la responsabilidad no se predica, no se enseña: se testimonia. Y la responsabilidad no es simplemente ajustarse a las normas paternas y sociales, sino un camino de crecimiento, y estos muchachos nos piden unas referencias adultas, coherentes, creíbles y coloreadas. Coherencia, credibilidad, y sobre todo nos piden continuidad. Entonces no proyectos, ni recorridos que se hacen porque hay una contribución durante un año o dos, porque hay un administrador que cree y invierte en ello y luego, si éste cambia, todo se para. Ésta es la vergüenza, esto es tomarles el pelo a las realidades del territorio.

 

La ciudad invisible

Otro paso, quisiera hablarles de la ciudad invisible. Nuestro mundo tiene dos rostros: un rostro de positividad y un rostro de sufrimiento y fatiga. Porque todos conocemos tantas realidades y personas que, en gran silencio, trabajan y creen en lo que hacen, se comprometen, son un fermento dentro del tejido social, no hacen ruido y no hacen jaleo. Hay mucha solidaridad, muchas cosas positivas, a veces organizadas, a veces no. También allí hay los rostros de una ciudad invisible pero que existe, que no hace ruido, que no hace jaleo, silenciosa, pero que nosotros tenemos que hacer funcionar con las “y” no con las “o”, hacer emerger, y me parece que esto es extremamente importante.
Me impactó positivamente que Génova, la ciudad que nos acoge, destacó precisamente en estos días la creación de un plano social participado, no del bienestar sino del ser. Haciendo referencia al inventario de lo que es posible ser en la ciudad. Éste ser es ser “con”. Existen estas acciones y presencias a veces invisibles de positividad que pueden moverse en este sentido, me parece importante subrayarlo de modo pujante. Puedo contarles una cosa bonita. Ayer estaba en Bagheria, Palermo para Libera, una red de 1200 realidades en Italia que se juntaron, incluso de ámbitos totalmente diferentes, para decir: nosotros también hacemos nuestra parte en la lucha contra la criminalidad, contra las mafias en un país como Italia donde este año, con respecto al año pasado, los muertos de mafia han aumentado, en el silencio total, del 85%. ¡Pero cuidado! Ésta es una guerra que continúa todos los días en nuestro país, a menudo en la indiferencia y las instrumentalizaciones. Y nosotros, después de los estragos en los que murieron Falcone y Borsellino, magistrados sicilianos, con sus jóvenes de la escolta, hace más de doce años, logramos poner juntas muchas realidades, pequeñas y grandes, del norte al sur de este país, para decir: no basta indignarse; debemos hacer nuestra parte, y nuestra parte empieza por el hacer vivibles nuestras ciudades, creando un fermento social, una promoción social, creando recorridos de educación mutua para asumir nuestras responsabilidades y ser ciudadanos verdaderos. Sé que no cambia el mundo, pero algo ha cambiado porque miles de jóvenes han comenzado recorridos diferentes, hemos comenzado a confiscar los bienes a los mafiosos y a utilizar socialmente estos bienes recogiendo millones de firmas para obligar al Parlamento a hacer una ley ante la que la criminalidad y las mafias se ponen como fieras, porque les quita poder, dinero, fuerza. Abrimos – he aquí que otra ciudad es posible – en territorios de mafia las primeras cooperativas de trabajo verdadero de jóvenes. Y es la mayor bofetada a las mafias porque son los jóvenes locales que trabajan en aquellos territorios y producen hoy pasta, aceite, vino. Quizás sean pequeñas cosas, pero que ponen de manifiesto que si trabajamos en las “y” es posible, incluso en contextos difíciles. Mientras en estos días se habla de Nápoles y de estas muertes continuas por camorra, violencia, hace quince días estábamos en Palazzo San Giacomo con aquel buen alcalde, Rosa Jervolino, con Tano Grasso, en Nápoles, donde por primera vez (hace un año no había nada de todo esto) se dio vida a una coordinación de las primeras tres Asociaciones Antiracket. ¿Esto qué significa? Significa que los comerciantes comienzan a encontrar valor y pues logran denunciar a los que les quieren usar, explotar, que les amenazan para obtener dinero, poder, posesión: inimaginable hace un año. Es un territorio que va despertándose, pero que necesita la concienciación e implicación de todos. No se pueden dejar solos porque todo ello no puede ser obra de navegantes solitarios. Pero volvamos a Palermo, un barrio periférico de una ciudad estupenda donde hay una fuerte presencia criminal mafiosa, claro, pero donde hay también una escuela; y miren el valor de esta escuela en el territorio que nos manifiesta como otra ciudad es posible. Una directora capaz, profesores expertos. La historia es de hace cuatro años pero yo la vuelvo a contar. Cosas bonitas que no hicieron ruido, ni jaleo, el telediario de las ocho de la tarde nunca habló de ello. Pero ésta es una historia bonita, que nos muestra que nuestros muchachos, si encuentran a verdaderos adultos, existen. En esta escuela que se llama “Antonio Ugo”, hace cuatro años, en febrero, llegó una niña sordomuda. Enseguida se pidió una maestra de apoyo, lo que es importante pero también es muy peligroso. Hay un riesgo de que se le delegue a la maestra la atención a la niña sordomuda porque nosotros tenemos nuestros programas, nuestros proyectos, la escuela. “... Ya es febrero, dentro de poco llega la Pascua, hay muchas cosas por hacer… la presencia de la niña desacelera nuestros itinerarios… los padres se quejan…” No, en esta escuela desde hace años se práctica la legalidad, no la teoría,  la práctica de ciudadanía y responsabilidad. La llegada de la niña sordomuda animó a todos los profesores porque existe este método, y se les pidió también a los niños que reflexionaran sobre lo que ellos propondrían en la escuela para crear contactos con la compañera, para que no se etiquetara ulteriormente. En fin, setecientos niños de un barrio periférico, que para muchos conformistas están todos etiquetados, ELLOS propusieron a fines del año escolar abrir el sucesivo con una materia más en la escuela, quitando tiempo libre a sus juegos, de acuerdo con sus familias. Un gran trabajo se hizo, incluso para convencer al director escolar, afrontando la burocracia, los problemas. Pero lo consiguieron, en el gran silencio, lo consiguieron. Y durante un año entero, porque ellos lo quisieron, lo buscaron, lo propusieron, setecientos niños de una escuela en la periferia de Palermo, todos aprendieron el lenguaje de los sordomudos, porque habían entendido que le tocaba a ellos ponerse en juego para encontrarse con su compañera. Esto, para mí, es una cosa extraordinaria, una semilla de ciudad posible, que hace realmente que nuestras ciudades invisibles sean protagonistas de cosas positivas que existen, que debemos difundir, hacer emerger, hacer descubrir, a veces gritar. Pero existe también la ciudad invisible de quien renquea, de quien se esfuerza. Y entonces pienso en Orazio, en esta Italia. Lo leíste en los diarios, sólo en algunos diarios, hace pocos días, que murió de hambre y de malnutrición a 78 años en una pequeña ciudad de nuestro sur. Pero pensemos en muchas historias también aquí, en nuestra casa. ¿Pero cómo es posible? ¿Cómo es posible? Claro, yo pienso en aquella lista larga, pero no es el momento, de personas que renquean y se esfuerzan. Las conocemos todas. Estas ciudades invisibles de muchas historias que nos inquietan, que nos interpelan, que nos provocan. Y para la Navidad del año pasado, en Turín en vía Po, un señor de setenta años aproximadamente, que pertenecía a aquel pueblo de la calle, de los sin morada fija, ¿sabes qué hizo? A su manera, puede ser discutible, pero es un lenguaje suyo que debemos coger en nuestras ciudades, él escribió un gran cartel, lo puso cerca de la caja de cartón en la que duerme, un gran cartel con la escrita “Me da más sufrimiento vuestra indiferencia que mi barriga vacía”. Pero tú entiendes que no es una petición de limosna. También es necesaria aquella contribución, pero es un mensaje a la ciudad que nos dice que no basta ser buenos, que se precisa ser justos. Son las expresiones que debemos sacar de aquella ciudad invisible bien presente en todas sus caras dentro de nuestras ciudades. Actualmente, en Italia pero tengo que decir también en Europa (les pido perdón a los amigos de otros países, testigos de otros recorridos, de otras vivencias en este sentido, yo presento a nuestro país, presento a Europa), el pueblo de la ciudad invisible crece, aumenta; las franjas de distintas pobrezas crecen, se alimentan.
Pero en Italia, permítanme decirlo con gran respeto, con gran fuerza, el dato inquietante es que los derechos se ponen en discusión en nuestra Constitución, porque nuestro artículo 3 de la Constitución afirma un grande valor, que es la igualdad. El problema no es un problema técnico, que quita algunas protecciones sociales en nuestro país; sino el problema es un problema cultural porque para muchos, precisamente como dimensión cultural, digamos, la igualdad ya no es un valor sino un "desvalor" que frena cierto tipo de desarrollo y entonces se gasta menos en cierta dirección, caen algunos derechos que ya no se pueden exigir. Pero los derechos no pueden estar a merced de cualquier mayoría política, de cualquier tipo, y los derechos no pueden estar a merced de variables económicas porque si el derecho está vinculado a la esfera económica es un no-derecho, es un derecho frágil, débil, no exigible. Y entonces nuestra inquietud hoy, aquí, con respecto a los invisibles que crecen, es que hay una situación que ya no invierte con fuerza en ese rumbo. Esto no significa que no haya administradores buenos que inventan lo posible, que lo intentan todo. Hay  alcaldes buenos, concejales buenos. Pero ésta es la línea general de un país: te dicen que no hay dinero, y enseguida los anillos más frágiles pagan el precio número uno, mientras que luego inauguramos barcos portaaviones. El dinero para el barco portaaviones existe, mientras que para los ancianos, para muchas políticas de los jóvenes… No es retórica: los que entre nosotros, todos los días se enfrentan cara a cara con la historia de las personas tocan con su propia mano esta injusticia, y sienten esta rabia que está hecha de gran amor. La ciudad invisible entonces, con sus diferentes caras y con esta inquietud hoy, pero también la ciudad invisible con sus grandes expresiones que nosotros bien conocemos. En la ciudad invisible, sin embargo, hay un mundo de jóvenes que me interroga mucho. Son los periféricos, los que tienen la periferia en su cabeza y viven aquel malestar en la aparente normalidad. Periféricos son aquellos muchachos que estudian, que hacen cosas, que no hacen ruido, que no molestan a nadie – porque hacen preguntas mudas, no preguntas agresivas -, que están horas y horas discutiendo sentados en un banco a veces sobre la nada, que buscan centros virtuales. ¿Quién los intercepta? Nuestras ciudades tienen que enterarse de ello hoy mismo e invertir allí dinero, con la formación de los pares, por ejemplo, con todos aquellos fermentos en el territorio que donde se han experimentado han dado señales muy positivas. Otra situación es la de quien tiene la periferia en su cabeza. Aquellos de quien hablaba antes, que navegan durante horas y horas en el Internet en una soledad total. Es esta soledad y este virtual que nos inquieta - no generalizando, no olvidando también los aspectos positivos de ciertos instrumentos.
Digo solo otras dos cosas rápidamente. La primera: nosotros tenemos que estar conscientes de que es el contexto social, el horizonte cultural, el mundo adulto, la ciudad como lugar de relaciones y de proyectos, que tienen que saber educarse e interrogarse. Siempre lo hemos dicho pero, ahora más que nunca, tenemos que volver a afirmarlo, que la prevención, no como “defensa de” sino como “promoción de”, significa valorizar a las personas, a los jóvenes, que son una riqueza intelectual, que son personas activas; significa “poner en las condiciones de”, es decir garantizar a nivel social recursos, inversiones, políticas, oportunidades sociales, perspectivas económicas y perspectivas laborales, porque donde nosotros trabajamos en ciertos territorios, si no se producen las condiciones de cambio, si no se crean los espacios, las oportunidades y los recursos, los discursos luego se hacen poco concretos. Tenemos que volver a invertir en la sociabilidad, así como invertir profundamente en el futuro de nuestros muchachos.

 

Se necesitan políticas, reales no virtuales, de una ética personal y social

Voy a un aspecto que considero muy importante en este punto: necesitamos políticas,  respuestas concretas, reales y no virtuales, a todo esto. Pero atención, las políticas tienen que estar al servicio de procesos educativos, y no deben reemplazar los procesos educativos. Las políticas tienen que ser un soporte a la educación, y no, como alguien tiene en la cabeza la presunción de hacer, agotar en sí misma la pretensión educativa. La ley sola no educa. Y nosotros, en Italia, tenemos que decirlo en este momento, no se educa sólo con las leyes como alguien piensa, no son las leyes contra el consumo que reducen el consumo (sobre la droga, por ejemplo). Hay que facilitarles los instrumentos a quien corresponda para que informe, construya recorridos.
Último paso: la responsabilidad de quien tiene una función pública. Hoy en día vivimos en una gran ambigüedad de mensajes. Quiero decir que la justicia, la legalidad no son sólo virtudes personales, sino virtudes, valores, a escala social. Las personas que tienen una función pública, yo, tú, el político, el Jefe de Gobierno de nuestro país, los alcaldes, los administradores, los hombres de la Iglesia, los intelectuales, en fin los que tienen una función y una responsabilidad pública no pueden burlarse de la legalidad, no pueden hacer juegos de intereses personales, no pueden burlarse de la justicia, no pueden escarnecer el respeto de las reglas. No pueden porque el testimonio de las cosas positivas que hacen tienen una dimensión simbólica. Si tú pisas las cosas positivas creas un mal ejemplo, pero precisamente porque con tu ejemplo tú creas imitación y cuando nosotros ayudamos a aquellos muchachos, incluso en territorios difíciles, a crecer y a respetar las reglas, que comienzan de las cosas pequeñas, luego ellos son bombardeados de mensajes que lo borran y lo barren todo. Es difícil porque ellos tienen estas referencias. Quien desempeña tareas de función pública no debe comportarse honestamente sólo en cuanto sujeto ético que responde a su propia conciencia, sino también porque es representante del sistema social y está llamado a construir el bien común con el instrumento de la legalidad. Y entonces hay una instancia ética personal y social. Quien no respeta todo ello, crea una herida en toda la comunidad. Y esto es muy importante porque nosotros por una parte queremos construir caminos de coherencia, credibilidad, continuidad, y por otra parte malos testimonios no ayudan a consolidar estos valores, estos contenidos y estas esperanzas.

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2. Michael Singleton

[Extracto. El texto completo es disponible solamente en italiano]

¡La ciudad nómada y (o es) natural!

«La ciudad nómada»: esta frase parece al menos una paradoja si no una contradicción de términos. Porque tanto en el imaginario espontáneo como en la ideología especulativa del Occidente, la Ciudad, como encarnación institucionalizada del sedentarismo cumplido de la antropogénesis, parece constituirse como la conclusión absoluta de un nomadismo primitivo. El cavernícola, el campesino, el ciudadano– no sólo tres tipos, sino tres etapas. De hecho, la ciudad se presenta como “fin último”, entendida a veces como el punto de llegada de un procedimiento empezado por el primer peldaño de la escalera evolutiva hace cuatro millones de años, y sobre todo como el sentido mismo y superior de la evolución humana. Obligado, en su infancia, a nomadizar incesantemente, Homo sapiens, hecho adulto, finalmente puede descansar intra muros, a la espera el descanso eternal. El sosiego y la inquietud– palabras clave no sólo de la filosofía sino de la teología de un Proyecto Occidental teleológico, dirigido a la (in)movilidad. Sin embargo, incluso fuera del mundo cristiano, una parada sustancial parece ya la finalidad de Todo. El sueño utópico se revela urbano. La Gran Muralla ya había hecho de toda China una metrópoli. El planeta mismo se convierte en aquel pueblo cosmopolita anunciado por MacLuhan en los años Sesenta. Y aunque esta ciudad ya no es santa, sino secular, pues mejor, dicen Cox y otros teólogos de la (pos)modernidad [1]. Que sea en el Norte o en el Sur, los últimos nómadas desaparecen bajo nuestros ojos. Los Gitanos aparcan sus cadillacs desquiciadas en las barracas de Bari [2], los Hombres Azules del Sahara ya no montan sus dromedarios sino conducen los todoterrenos climatizados de los turistas blancos.

La ciudad representa de ahora en adelante un nec plus ultra ideal. Y podemos esperar, es más, tenemos que trabajar para que este mundo mejor, sinónimo de desarrollo, esté a disposición duradera de todos los ciudadanos del planeta. Este imaginario ciudadano hecho de ineluctabilidad («el Progreso no se pare») y de idealización (la utopía urbana [3]) crea en muchos ciudadanos una visión lastimosa y negativa del fenómeno nómada. «Pobres de nómadas, obligados a errar sin nunca poder cebar raíces, ni sentirse en casa en algún lugar fijo». Ser sedentario es un derecho humano. ¡El futuro – terrestre y/o celeste - será urbano o no será! ¡Lo dice la Revelación, lo repite la Razón!

Y lo demuestra este esquema:

u

 

La humanidad nace hace cuatro millones de años en el triángulo africano; empujada cada vez más adelante por el hambre, sale de Africa subiendo hacia el cuadrado europeo donde, por primera vez, puede pararse un poco en las cavernas antes de establecerse, hace doce mil años aproximadamente, en el círculo de las casuchas de los primeros agricultores sedentarizados. De ahora en adelante, de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, siempre se sube en la misma dirección hacia el techo definitivo de una megapolis mundial que esencialmente ya no se mueve. Ciertamente, el ciudadano conoce la movilidad social y el movimiento espacial. Pero estos fenómenos más o menos positivos (el éxodo estacional de los turistas, el cambio de residencia por motivos de crecimiento o de decrecimiento familiar…) o ambiguos si no negativos (la emigración obligada, la delocalización industrial…) no se interpretan como supervivencias residuales o formas inéditas del nomadismo puro y simple, porque siempre tienen lugar en el contexto de un ideal de sedentarismo. Pero sobre todo (porque nuestro nomadismo idealizado tendrá lugar ya en el espíritu), no se debe confundir la aceleración exponencial del Progreso técnico-científico con el hecho de ir siempre adelante para encontrarse en otro sitio, que identificamos con la intencionalidad nómada. En efecto, en la opinión común de la Modernidad, después de una subida animada, el Progreso una vez empezado, siempre sigue la misma dirección. Es por todo esto que nuestro título «ciudad nómada» puede parecer un oxímoro (sobre todo si se añade la palabra «natural»), cuando establecerse en la tierra y pararse en el cielo constituye la meta normal y ya normativa de la existencia humana. Sin embargo, la identidad profunda del nómada puede representar un proyecto permanente, más bien, la intencionalidad nómada, más allá de sus manifestaciones históricas, puede encarnar, allende el sedentarismo desarrollado [4], el futuro más duradero para todos nosotros. Por lo menos es una posibilidad, una convicción mía que voy a explicar y desarrollar aquí a continuación.

¿Pero de qué nomadismo se trata? A priori, es posible crear modelos de nomadismo entre los dos polos abstractos del sedentarismo absoluto y el movimiento perpetuo.

u

 

El cuadrado representa ya sea a gente que suponemos que siempre ha estado allí donde está en el presente, y que no tiene que ir a otro sitio (pienso en los Yoruba de Nigeria que creían que sus antepasados habían salido del ombligo del Mundo en la ciudad santa de Ife); ya sea pueblos convencidos de haber llegado a su destino (se puede pensar en la llegada del Pueblo de Dios a la tierra prometida por Él, pero también en muchos Occidentales incapaces de pensar no sólo en algo más allá de su Reino de Dios pero también de su Ciudad de la Ciencia). La segunda línea del esquema representa, para la gran parte del mundo civilizado, el nómada típico: el beduino del desierto. Entre las etnias que siempre siguen adelante, se tiene que distinguir entre dos tipos. El primer grupo tiende a gestionar un territorio dando vueltas a su alrededor, desplazándose de un centro a otro, siguiendo recorridos preestablecidos. Los nómadas más nómadas, en cambio, siguen adelante casi sin quererlo. Saben de dónde vinieron (el círculo gris), pero no tienen ningún interés en volver atrás. En cuanto a la dirección del mañana (el círculo blanco), no piensan hoy en eso y nadie lo hace para ellos. Lo que más cuenta para el nómada perfecto es estar juntos dentro del espesor del presente (el círculo negro). ¿Existen nómadas tan auténticamente nómadas? Son muchos los pueblos que se acercan a este polo teorético de nomadismo puro. Mi pueblo elegido, los Wakonongo de Tanzania, podía considerarse entre los nómadas más puros del planeta. No pienso que los Wakonongo hayan vivido siempre como los encontré a finales de los años Sesenta, y puede que algún día cambiarán su manera de ser [5]. En aquel tiempo se comportaban como verdaderos nómadas. Vivían en medio de una inmensa selva abierta y acogedora. La selva les daba no tan sólo terreno a voluntad, sino las materias primas esenciales (la madera, los remedios medicinales, la miel y los frutos, la caza y el pescado…) y en períodos de carestía un mínimo vital de hierbas y de raíces comestibles. Los jefes de familia construían casas modestas, dejando siempre unos cincuenta metros entre las viviendas desparramadas entre los campos cultivados. En el pueblo de Mapili donde yo vivía, no había un punto focal, un centro con edificios públicos (municipio, iglesia, escuela, comercio…). La autoridad (que no se debe confundir con el poder que implica la fuerza física de sancionar) – que nosotros dividimos en económica, política, policial, judicial, religiosa– pertenecía a los ancianos que formaban una gerontocracia informal. En este tipo de comunidades, cuanto más se envejece tanto más crece la utilidad pública de un actor. Estos ancianos se reunían por la tarde en el patio del viejo Jakobo Kasalama, quien por primero había arrasado la región de Mapili. Pero este hecho no hacía de él un jefe de tribu, sino sólo un anciano respetable y respetado. Pero nadie en la comunidad tenía el poder de mandar sobre los demás y cada cual podía irse a vivir a otro lugar. A finales del año 1972 yo tuve que dejar de prisa a mis amigos, pero tuve la oportunidad de volverles a visitar en 1986. Casi todos estaban vivos pero todavía se encontraban en el umbral de la selva algunos kilómetros más adelante, siempre en sus casas desparramadas en el medio de sus nuevos campos. Detrás de ellos, el matorral, antes de volver a su estado anterior de selva, volvía a tomar sus derechos: mi casucha y mi jardín ya no existían, invadidos por los arboles. Y yo era el único que gastaba unas lágrimas por su fallecimiento. Los Wakonongo, involucrados tranquilamente en sus negocios corrientes, ya se habían olvidado del pasado (que de todos modos había sido igual material, moral y metafísicamente a su presente) y no pensaban en su futuro, ni próximo ni lejano, que nuevamente habría repetido de manera idéntica su situación actual. ¿Fatalismo resignado, delante de un Destino siempre caprichoso y a veces cruel? ¿Pereza congénita del indígena y su inconsciente falta de previsión? ¡No, de ninguna manera! Mis Wakonongo no eran para nada ni optimistas tranquilos ni pesimistas patológicos, sino simplemente realistas serenos. Apreciaban al hombre valiente en su trabajo y sobre todo al adulto discretamente dueño de si mismo; despreciaban a los individuos ruidosos, prepotentes e irrequietos. Tenemos que proceder al esencial: la moral y la mentalidad que están en (relación-)aportación estrecha con el ambiente material, con el modo de reproducción pragmática de los nómadas. El que sabe que dentro de poco va a encontrarse en otro lugar - y para siempre- no está vinculado al hecho de acumular o trasladar cosas pesadas y superfluas. Al viajar ligero de los nómadas corresponde un equipaje metafísico minimalista. La separación de las cosas terrestres que le cuesta muchos años penosos al asceta de origen burgués, en cambio es instintiva para el espíritu nómada [6]. Empecé mis investigaciones sobre el terreno en el marco etno-histórico pensando que otros argumentos – como la magia o la metafísica– serían o demasiado secretos o demasiado especulativos. Me sorprendió el hecho de que los Wakonongo hablaban abiertamente de los brujos y los espíritus. Pero la historia konongo les interesaba poco a mis interlocutores. Sabían de dónde habían salido los fundadores de sus clanes, hace algunas generaciones para llegar al punto donde estaban hoy. Pero cuando, pensando en la nostalgia de las raíces que tienen algunos de nuestros pueblos emigrados, le preguntaba «¿no tienes nunca ganas de visitar a tu lugar nativo?», me miraban asombrados. Siendo el punto de partida s totalmente idéntico al actual de llegada, ¿para qué sirve visitar una aldea abandonada? En cuanto al desplazamiento futuro, cada uno cortaba y quemaba lo que podía o consideraba satisfactorio para sus necesidades inmediatas en materia de terrenos cultivables. El 99% de los Wakonongo vivían en el presente, sin cambios de opinión o añoranzas de un pasado perfecto, ni preocupaciones prospécticas. Convencido de que mis Wakonongo eran exclusiva y fundamentalmente «agricultores del cortar y quemar» (nunca pensé en la posibilidad de que fueran nómadas), nunca había enlazado su manera de producción material con su mentalidad. Lo único que me había impactado era la omnipresencia permanente del uso de remedios rituales y mágicos para resolver problemas inmediatos como hacer llover, cultivar el maíz o ir a caza, o para sanar una enfermedad o echar a una bruja. Mis viejos interlocutores no tenían mucho que decirme sobre un Dios (o un Diablo) africano, sobre la existencia de un alma individual e inmortal. Y en particular me impactó una ausencia casi absoluta de mitos– poco sobre la Creación del mundo y nada sobre su Fin. Solo recientemente me di cuenta de que esta ausencia relativa de lo que, de una manera etnocéntrica, me esperaba, corresponde a la presencia de una filosofía y de una práctica del mundo totalmente lógicas porque expresan la elección de un Proyecto nómada. El nómada no tiene que ver con un cierto Dios de nuestra filosofía perenne, y tampoco con el Dios agotador del monoteísmo maniqueo. Si el nómada piensa en un símbolo supremo, en un ser trascendente, toma la figura de un Ser absoluto, de un Más allá del Bien y del Mal, que más tiene que ver con el Infinito de un Lévinas o con la A-moralidad de un Nietzsche que con el Dios del catecismo tridentino o del neo-tomismo. Viviendo en el presente, el nómada no tiene que ver con un pasado primordial o un futuro definitivo. Siguiendo adelante de presente en presente, el nómada no tiene ganas de confinar con el Infinito. Ciertamente, entre los efectos imprevistos y en cierto sentido perversos del nomadismo a la antigua, hay un desinterés ante lo inédito o incluso el rechazo de la innovación. Pero no era el caso de mis Wakonongo: estaban convencidos de que siempre había alguien que tenía el remedio para toda clase de problema [7]. Esta convicción les permitía ir adelante sin prisa pero también sin miedo. Si grandes espíritus religiosos como un Teilhard de Chardin no podían imaginar un seguir adelante humano que no fuera hacia arriba y hacia una salida, filósofos no menos grandes pero agnósticos como un Camus pretendían que fuera posible convertirse en un santo laico a pesar del absurdidad del camino – pensemos en Grand, héroe de La Peste. Desde el punto de vista filosófico, el fenómeno nómada no es un hecho sólo del mundo pre-moderno, es posible seguir nomadizando en buena compañía especulativa incluso en nuestro mundo pos-moderno. Esta alusión a los moralistas como Camus y Monod, nos permite bajar de la metafísica hacia la moral. La del sedentario a veces tiende paradójicamente hacia un individualismo solipsista y un naturalismo sustancial. Una primera palabra sobre este último. El Occidente considera su Derecho como un reflejo de la esencia misma de las cosas culturales y naturales. Bélgica, por ejemplo, se autoproclamó defensor no sólo de su concepción de la naturaleza humana, sino de la Naturaleza Humana como tal, definida de manera unívoca y universal. Igualmente, fenómenos como la ciencia, el desarrollo o la economía, que no pueden nacer ni estar fuera de una cultura específica, se proclaman sustancias objetivas, dotadas de significaciones intrínsecas. Pero lo que más nos interesa es el individualismo integral del ciudadano contemporáneo ya sea que este egotismo tenga lugar en el corazón de la Iglesia o en el seno del Estado. La Iglesia católica trata a sus fieles como a muchas almas atómicas que tienen que salvarse mediante su piedad personal. Como mucho, los hijos de Dios pueden reunirse en asociaciones piadosas para rezar «juntos» (efectivamente arrodillados uno al lado de otro) o agruparse para manifestaciones «colectivas» (efectivamente como peregrinos monásticos delante de la gruta de Lourdes o perdidos en la muchedumbre de plaza san Pedro) – pero no pueden crear sindicatos para reivindicar como frente unido sus derechos contra las autoridades jerárquicas (por ejemplo el de las mujeres a meterse sacerdotes). Mejor (¡o peor!), en la Ciudad celeste no están previstas actividades colectivas, después de la muerte y sobre todo en relación a la Fin del Mundo: cada uno tiene que conformarse con estar tranquilamente inmóvil delante del Eterno contemplándole durante la eternidad. Y se sabe que la Ciudad celeste funciona como la configuración arquetípica de la terrestre. Pero si gana la mundialización, este sedentarismo espiritual ya se anticipará en la Tierra, secularizada gracias a la Mano invisible del Mercado común: donde las relaciones humanas (según los pensadores liberales de Rousseau a Rawls pasando por Renan) idealmente obedecerán a razones contractuales de intereses individuales. Si hay algo ambiguo en la globalización, es exactamente la reducción de vínculos con la alteridad a elección secundaria (en principio un individuo en el estado de naturaleza podría arreglarlo todo por su cuenta) y egocéntrica (por ser mi obligación hacia los demás totalmente artificial, tengo el derecho de quebrantar el contacto cuando el otro ya no me sirve [8]). En la ciudad actual, tanto en la de Dios, como en la del Hombre, lo social, es decir el hecho de estar juntos, lejos de representar una objetividad orgánica, una obligación ontológica, figura como un epifenómeno totalmente facultativo, superficial y hasta superfluo. El llanto que brota del anonimato urbano, del hecho de ser sólo un número administrativo, no es sólo un fenómeno provisional, superficial – el sedentarismo de por sí transforma al otro en la nada, en cambio para el nómada el otro me constituye. El nómada no puede ni nacer ni ser sin que los demás estén dentro de él. ¡Y este dualismo del sí y de los demás no es el combate del ego contra todos! Cabe destacar una bifurcación crucial entre los pensadores del individualismo acerca de la realidad y la valoración de lo colectivo. Algunos no hicieron muchas: o porque desde el punto de vista filosófico no lograron, como Descartes, alcanzar su cuerpo físico a fortiori, por lo tanto el social o porque, indiferentes, ascetas, misántropos, replegados sobre su solipsismo, no querían oír mencionar lo social (lo contrario, este último podía darles todavía más asco que su carne maldita en la que se veían encarcelados) o, finalmente, porque todo, individual o colectivo, les parecía totalmente insignificante ante el destino ideal (la Eternidad o el Nirvana). Los demás, a pesar de su individualismo fundamental, se resignaban o se alegraban al ver lo Global (la especie, la Mano Invisible, el Espíritu…) triunfar. Adam Smith, Darwin y Hegel, cada uno a su manera, pensaba que, «dejando libres» los intereses egocéntricos de los individuos, permitiendo a cada uno seguir su propio proyecto particular e incluso privativo, al final Todo, ¡acabaría por tener Razón de todos y realizar el Bien común! Pero el mundo nómada desde el comienzo ignora todo tipo de individualismo nuestro. No es que entre los nómadas prevalezca el cliché del totalitarismo comunitario, la pesadilla de una intencionalidad y un interés común que no dejan ningún sitio libre para la expresión de personalidades individuales. La sociedad moderna nace del esfuerzo hegemónico de imponer una solución de derecho sobre el conflicto entre el egocentrismo de los actores individuales y la necesidad de mantener un mínimo de colocación colectiva. En el mundo pre-moderno (que también se puede pensar y esperar que sea un modelo para el pos-moderno), las cosas no se presentan de esta manera profundamente polémica y por consiguiente se pliegan a una organización más pacífica. El nómada sabe que lo real es relacional y acepta de buen grado que este «estar en (relación-)aportación» normalmente y de la manera mejor se desarrolle según las modalidades de una asimetría aceptada porque aceptable. El ego nómada está constituido desde el comienzo y hasta el final no sólo por otros, sino por un alteridad que aún pudiendo parecer a la ocasión «inferior», normalmente es superior, incluso de manera trascendente [9] - una situación asimétrica que no le molesta. El joven, por ejemplo, sabe que para el es mucho mejor aprovechar respetuosamente del saber hacer y del saber vivir de las autoridades ancianas. Inexperto en muchos campos, no le importa reconocer y someterse a la pericia del especialista. El hombre, se adapta muy bien a la superioridad femenina en ciertos dominios, sin complejos de inferioridad; la mujer, reconoce que una división justa del trabajo lleva a un desarrollo equilibrado de todo el mundo. El sedentario, en cambio, cuando no sueña con una imposible simetría idéntica, una igualdad perfecta entre las generaciones, los sexos o las clases sociales, espera por lo menos que todos los participantes en la lucha de la vida puedan entrar a la arena equipados al comienzo con armas del mismo nivel. Durante milenios la sabiduría del Homo sapiens fue hierarchicus,y luego se (¿des?)hizo aequalis[10].

Es imposible enumerar aquí todos los rasgos que distinguen el polo nómada del sedentario. Vamos a presentar algunos de los más marcados. Empecemos por uno que hace eco a la aceptación «interesada» de la asimetría. Cuando yo les pedía el nombre a mis compañeros o cuando se hablaba de ellos, un interlocutor no daba su nombre, pero se decía «hijo de». Más allá de estas identidades individuales pero relacionadas con los padres (fue así con nosotros en Occidente hace tiempo – «Johnson, Smithson…»), existía una palabra, mtu, para decir lo humano en general. Pero específico «en general» porque mtu designaba no la noción abstracta de nuestra filosofía perenne, que indica una naturaleza humana común a todos los seres humanos a pesar de sus diferencias accidentales (edad, sexo, cultura…), pero únicamente una generalidad que se podía oponer a otras generalizaciones como nyama (los animales), mapepo (los espíritus). Profiriendo estas palabras los Wakonongo no tenían en la cabeza una quinta esencia cualquiera, sino sólo un conjunto de individuos típicos – los animales pero no la animalidad, los hombres pero no la humanidad. Encontrando a alguien en la ciudad, el civilizado sedentario se comporta de manera contraria respecto al nómada– ¡sobre todo si encuentra a alguien de color de piel y fe diferentes del suyo! « Sin duda es un hombre y por lo tanto tiene derecho al Respeto debido a todo Ser Humano (aunque es muy probable que sea un clandestino), pero además es un Negro, quizá un Africano, o incluso un musulmán Senegalés». Contrariamente a nuestra ciudad de hoy, la nómada no está poblada (en los casos mejores) por ciudadanos anónimos, fundamentalmente idénticos y formalmente iguales ante la ley, sino por personajes especiales, por interlocutores reconocibles y reconocidos por su (relación-)aportación «personal» con la red de reciprocidad local. «Personal» no debido al producto que producen (los nómadas producen todos más o menos las mismas cosas) sino debido a la personalidad propia que reproducen en sus relaciones particulares. El ciudadano piensa que ha hecho lo máximo cuando respeta los derechos fundamentales del individuo como tal y espera poder hacer lo mejor instituyendo una repartición universal para cada ser humano. El nómada piensa que ha hecho lo mejor cuando le permite a un jefe de familia satisfacer sus deberes y sueña con hacer lo mejor atribuyendo a cada grupo humano los medios para realizar su propia identidad colectiva. Esta supervaloración nómada de las personas y de sus contribuciones a la colectividad junto a sus eventuales productos o productividades individuales me la hicieron entender los Wakonongo cuando hacía una encuesta sobre la historia del asentamiento del cristianismo. A la pregunta “Qué piensas de los primeros padres misioneros”, esperaba respuestas como «aquél nos hizo escuelas» «aquel otro nos dejó un dique», en cambio la gente me decía padre X era muy severo, en cambio Padre Y se mostraba demasiado amable»: prioridad entonces a las personas y no a sus obras. Es verdad que cuando eres nómada no tienes muchas cosas monumentales o materiales por enseñarles a los visitantes. ¡La estética nómada es de naturaleza ética! Lo feo para él coincide con lo brutal. Su patrimonio humano es su propia humanidad [11]. Aguas arriba de la materialidad de museo no se encuentra el vacío cultural, sino la plenitud moral. Nuevamente el contraste con el sedentario puede ser enorme. Espontáneamente (es decir como programación previa tremenda) el ciudadano, también cuando acoge a amigos y no sólo cuando se ocupa desde cerca o desde lejos de turistas, se siente obligado a mostrar continuamente cosas antiguas o nuevas. Ya desde hace algunos años vengo aquí a Génova, y es verdad que cada vez siempre hay algo por (re)descubrir, por visitar. Es realmente una ciudad educadora. ¡Pero lo que más me gusta es que Génova me parece una ciudad educada! De nómada, me gustan más los genoveses que Génova. El barrio histórico es grande, pero está integrado por muchas pequeñas cosas. «Small» no es sólo « beautiful », es bueno. El “self-service” del “fast food” no es sólo un desastre dietético sino sobre todo, en su solipsismo, un suicidio social. Poder ofrecer servicios (incluso contra pago honesto) es humano, deber o incluso poder servirse solos, lejos de representar un progreso notable, sólo somete al individuo aislado al consumismo acelerado y agresivo del capitalismo «avanzado» - pero que sólo avanza los negocios, en los casos mejores, de un accionariado anónimo y, en los casos peores, la suerte inmerecida de un pequeño grupo de privilegiados injustamente. Con este «poder ser útiles» tocamos otro rasgo del espíritu nómada: la generosidad gratuita, el gusto de dar que sobrepasa la posibilidad de recibir. Ciudadano cumplido desde hace al menos cuatro generaciones, no sabía nada de la vida de los cultivadores, pero en los años Sesenta quería vivir en Tanzania como un «sacerdote campesino», igual que algunos que trabajaban en aquella época como sacerdotes obreros [12]. Tenía entonces mucho que aprender de mis Wakonongo. Los ancianos me enseñaron cómo sembrar y dónde, cómo cuidarme con las plantas y cómo tomar la miel, cómo comportarme con las mujeres y durante las discusiones… Después de algunos meses de iniciación, algunos ancianos, conmovidos, pero no más que yo, me dijeron «tú eres el primer (Padre) Blanco al que pudimos decir algo sensato, dar algo útil - todos los que nos vinieron encima, incluso los jóvenes, nos trataban como salvajes estúpidos y supersticiosos. Te has convertido realmente no sólo en un Mukonongo auténtico sino sobre todo en un hijo nuestro». No es que no tuviera nada que dar ni que decir, pero lo que daba y decía estaba dado y dicho según aquel espíritu y aquel sistema de reciprocidad asimétrica que constituye la identidad intencional del ser nómada. En la ciudad nómada todo el mundo sabe que siempre recibirá más de lo que dará…y no se formaliza por eso. El fundamento de las relaciones nómadas no es el intercambio (mausiano) donde el donante se siente perjudicado si no recibe antes o después el equivalente de su don como retorno, sino el don totalmente gratuito. Más que por el inglés «thank you» (demasiado razonable porque pertenece a la familia *tong «pensar») o por el francés «merci» (demasiado mercenario– «merces» = salario) o incluso por el italiano «grazie» (servilmente aplastado o exageradamente sobrenatural) el nómada es interpelado por la manera portugués de agradecer: obrigado – el gesto gratuito enlaza, crea un vínculo, pero no se vive en términos de crédito o de deuda que se debe resolver cuanto antes. Aunque la ciudad nómada prevé servicios para los que no pueden servirse (los más jóvenes y los más ancianos), les permite sobre todo a cada uno servir a los demás hasta el final… y también más allá, siendo el «culto» de los antepasados sólo la consagración del hecho patente para todos de la mayor utilidad pública de los ancianos Entre los nómadas, no se debe fingir para hacerles un favor a los pequeños o a los viejos haciéndoles pensar que sirven para algo: los primeros ayudan realmente a sus padres y los segundos verdaderamente contribuyen continuamente al bien común. Una última paradoja: la ciudad nómada también sería natural. ¡Si hay un término y una noción ambigua es justamente el de la naturaleza! ¡Diciendo que la ciudad nómada es natural no queremos identificarla con una supuesta «esencialidad urbana» y menos aún con una Ciudad arquetípica! Sólo tratamos de referirnos a las relaciones específicamente nómadas entre Naturaleza y Cultura. En este ámbito, para los occidentales la ciudad y los ciudadanos griegos constituyen un punto de referencia de nec plus ultra. No se puede hacer mucho mejor, pensamos, que el actor individual delineado por primera vez por Sócrates y sólo se debe hacer el pacto político democrático. Empezando por su autonomía absoluta y ontológica, el individuo libre puede decidir, mediante un contrato matrimonial, fundar la familia, la unidad «natural» básica de la sociedad humana [13], luego también puede asociarse voluntariamente con otros para constituir una estructura democrática unitaria, la ciudad republicana. Ésta ultima, cerrada dentro de sus murallas, tendrá como tarea el bienestar y la paz de los suyos – una vocación que precisa tener buenas relaciones con los forasteros (mantenidos de preferencia precisamente «fuera» de las fronteras) y, por último, que se pongan los recursos naturales a disposición de sus ciudadanos. A la cultura occidental naciente, la naturaleza parecía oscilar entre una amenaza misteriosa y una esfera material, inocente e indiferente, perteneciéndole a nadie y por tanto a disposición del primer explotador. Los derechos y los deberes del mundo político se paraban, por definición, en los límites de la «polis», de la ciudad. En la cultura occidental de hoy – aunque hay todavía ocasiones ante las fuerzas naturales - hay un miedo no «a» sino «por» la Naturaleza. Intentamos conservar los últimos harapos de la naturaleza salvaje intactos [14] y como mucho administrar los recursos planetarios con cautela para no acabar mal. Ya, empujados por los verdes, los partidos azules y rojos (con excepción de la América de Bush) o por convicción o por oportunismo ponen el ambiente y su protección en su agenda política. En el período precolonial, los «soberanos sagrados» de los Wakonongo no tenían nada que ver con la política en nuestro sentido ciudadano. En efecto, estos reyes se escogían para funcionar como un puente entre «cultura y naturaleza», entre el pueblo y la selva. Esta última, lejos del figurar un ambiente natural o salvaje, opuesta al ambiente humano, era la propiedad desnuda de los antepasados y de otros espíritus superiores. Ante la matanza perpetrada por un «gran» cazador blanco en busca de trofeos, los Wakonongo me preguntaron con amargura: «¿vuestro Dios no se enfada nunca ante a un derroche tan desordenado de Su bien?». En efecto los animales que consideramos salvajes, para ellos eran los animales domésticos de las autoridades ancestrales. Para poder obtener (para satisfacer sus necesidades legítimas), un cazador «primitivo» tenía que negociar un buen precio con el Propietario «espiritual». Si el animismo todavía puede tener un sentido, no es el de insinuar puerilmente que el primitivo creía en una identidad individual de la caza o que dentro de cada planta había un alma misteriosa, sino sólo el que se basa en el hecho de que el nómada trata las cosas como si fueran personas, en cambio nosotros tratamos las personas como si fueran cosas. Por lo tanto, hablando como nómadas de «ciudad natural», hablamos de algo totalmente diferente de lo que es crear espacios verdes en el centro de la ciudad. Con el término «natural», el nómada entiende una disposición filosófica y una actitud pragmática con respecto a las realidades para-humanas. No obstante se sienta orgánicamente parte del conjunto de todas las cosas y aunque sepa que cierto “especiecentrismo” es ineluctable, el nómada no cree que todo haya sido creado para su placer o progreso. Lamentablemente, está consciente de que la lucha vital lo condena a servirse de estas realidades para-humanas, pero lo hace de la manera más humana posible: pidiendo perdón por tener que emplear materia viviente o no viviente para sobrevivir y cuidando, dentro de lo posible, en dejar a los demás seres que rellenen sus proyectos. Al nómada naturalista no se le ocurre «salvar la Tierra», porque sabe que la tierra se salvará por su cuenta, durante la duración de la especie humana o después de su desaparición… Haciendo todo lo posible para aprovechar lo mínimo de todo el resto del mundo, ni siquiera piensa en preservar el ambiente para las generaciones futuras, porque ya está convencido de que la naturaleza no le pertenece en absoluto. Para terminar y para resumir en una palabra la quinta esencia de nuestra ciudad nómada y natural: ¡sería «precaria»! Y es verdad que hoy en el lenguaje ordinario la precariedad da miedo. El colmo de la existencia precaria sería el de los inmigrados sin documentos civiles o hasta sin morada ciudadana, que pueden ser expulsados durante cualquier control policial – una precariedad que ya no sólo amenaza a los proletarios sino incluso a los dueños en poder de un delocalización inmediata. Pero no es de esta precariedad que estamos hablando aquí. Hay que remontar a la época romana cuando precarius era el nombre técnico de una especie de contrato donde el propietario retenía por principio todos sus derechos sobre el bien que concedía a su socio, quien por este cláusula tenía que rogar continuamente a su bienhechor que se quedara bien dispuesto hacia él. El contrato precario, entonces, estaba aguas arriba del de la propiedad desnuda y el usufructuario tenía algunos derechos - por ejemplo, nunca se le podía echar de casa si, por una gana cualquiera, el propietario quería volver a tomar su casa o sus terrenos. En el pacto precario mucho, si no todo, dependía de la buena voluntad del dueño. Los pigmeos, por ejemplo, dependen en todo momento de la bondad de la selva que les rodea y les vicia en permanencia como un Padre Bueno o una Madre Tierna. No sufren esta dependencia como una enajenación y no la viven con angustia. Desde que el pigmeo guarda memoria, nunca le ha faltado nada a nadie. Alabándola continua y espontáneamente, ¡la Selva no se hace de rogar! Si los derechos de la selva se respetan, no hay ninguna razón de temer por el futuro. La precariedad primordial del nómada auténtico sólo es este (agradecimiento-)conocimiento, profundo y permanente, de una Alteridad que continuamente le pide que sea (cor)responsable. La «Ciudad Educadora». Desgraciadamente, hablando de una vocación educadora de la ciudad, todavía no se ha dicho mucho. Socializar, pero ¿para qué proyecto de sociedad? Iniciativas para “iniciar” la generación siguiente, pero ¿para inducir qué identidad? ¿Integrar a los excluidos, pero sin desintegrarles [15]?

Compelle entrare – «insisto en que entren» decía el Rey de la parábola evangélica, «por su bien, es necesario que formen parte del Reino»… pero si su capital se llama Davos en lugar de Puerto Alegre, el banquete corre el riesgo de dejar un sabor amargo. «Incluso los nómadas tienen el derecho a la educación» - pero ¿si esta última es civil, ciudadana, quid de la lección nómada, de la necesidad manifiesta de aprender de los demás? ¿Es posible para un sedentario tomarle al nómada en serio… y viceversa? El coloquio anuncia una esperanza, hasta traza un proyecto que ya parece en curso de realización para quien pudo ver los stands, hacer intercambios con los actores comprometidos en el terreno, en los barrios: no sólo otra ciudad es posible; ya parece, en algunas partes, una oportunidad. El nómada comparte estas esperanzas, admira todo lo que se ha hecho, se hace y se hará. Pero también sigue pensando en que otra cosa es posible respecto a la ciudad – sobre todo si la ciudad también reformada al final se queda la del capitalismo y sigue educando para el consumismo (¿por casualidad más consciente… pero no crítico?) y para el colonialismo (¿tal vez menos imperialista… pero no menos insidioso?). Aunque el nómada no se desplaza con la esperanza de llegar por fin a la Ciudad celeste, ¡sueña con poder pararse un poco, más allá la infernal, en la cual alguien quisiera encerrarlo para siempre!

[1] H. Cox, The SecularCity. Secularization and Urbanization in Theological Perspective, London, SCM Press, 1965. Desde la Ciudad de Dios a la del Hombre cuánto camino… pero siempre a la vista de una llegada definitiva. Las versiones no religiosas, incluso ateas, del cristianismo se quedan esencialmente escatológicas si no apocalípticas. Si también en Italia ya se puede pensar en un Dopo la cristianità (G. Vattimo, Garzanti, 2002), todavía tengo que encontrar a un espíritu occidental que sueñe con un mundo post-científico o un Después de aquella Razón que cree que ha sustituido una vez para siempre a la Revelación. El sedentarismo no es sólo material: desgraciadamente, a menudo se hace metafísica. No es que lo especulativo sedentario ya no se mueva, pero la Fin, como está detrás de él (Fukuyama) se sigue adelante, más bien, se procede en la misma dirección.

[2] “Roma Stories (Japigia Gagi)”: documental sobre los Gitanos de Bari realizado en 2003 por G. Princigalli.

[3] Es interesante notar que siempre se piensa al singular de la Ciudad ideal… donde los estudiosos hablan de una incomprensible diversidad de las ciudades en la historia hasta concluir que La Ciudad como tal no existe si no como una generalización sin cuerpo ni alma. Ya por la sola Francia, «la Cité, “ça” n’existe pas!» v. J. Heers, La ville au Moyen Age, Paris, Arthème Fayard, 1999 y sobre todo los cinco tomos Histoire de la France urbaine de la colección «L’univers historique» (dir. G. Duby) Paris, Seuil, 1980.

[4] Sobre la problemática del «pos-desarrollo» véase Défaire le développement, refaire le monde, Paris, Parangon, 2003 y Critique de l’ethnocentrisme, Parangon, Paris, 2004 (se prevén traducciones italianas de estos libros).

[5] Es posible encontrar, pidiéndosela al director del Museo de Etnomedicina « A. Scarpa », el profesor A. Guerci, una cinta de video, « Essere Nomade », que presenta una conferencia planteada en la Giostra degli Antropologi, el 13.02.2003.

[6] Como muchos antropólogos de los pueblos pastores, mi profesor en Oxford, Sir Edward Evans-Pritchard, a menudo hablaba del espíritu de superioridad de sus Nuer y  su desprecio del materialismo moderno. El fenómeno del rechazo y decir que no a lo que para algunos es sin lugar a dudas progreso o desarrollo, no fue muy problematizado por los estudiosos – recientemente tuve la oportunidad de contribuir a una obra sobre las “Résistances à l’évangélisation,, (dir. J. Pirotte) Paris, Karthala, 2004 – capítulo 4: « Le refus… de bonne et de mauvaise grâce! ».

[7] V. « Dawa: beyond Science and Superstition », Anthropos, 1974, pp. 817-863.

[8] Integrados durante un tiempo útil en nuestras ciudades capitalísticas, los inmigrados envejecidos o enfermos ya se envían a sus tierras de origen – que ya han pagado su crecimiento juvenil gratuitamente por nosotros «los civilizados». La deuda del Tercer Mundo es grande, ¡pero el crédito que nos hace es todavía más inmenso! Y la calderilla que se manda como ayuda no cambiará nada respecto al hecho de que trabajan barato para nosotros.

[9] Algunos le llaman «Dios», pero para todo el mundo tiene que ser el «Infini» de Lévinas. Por lo que concierne a la identificación onto-epistemológica de lo «real» con la relación (en lugar del «en sí») y por lo que concierne el «dual primordial» (en lugar del uno sustancial), véase J-L. Marion, Etant donné, Paris, PUF, 1997.

[10] V. los dos libros clásicos de L. Dumont sobre el Homo hierarchicus de India y su rival Homo aequalis del judío-cristianismo. Privilegiando la asimetría no estoy predicando la estabilización definitiva de las relaciones de clase (y menos todavía de casta) actualmente en vigor; simplemente estoy pensando, aguas arriba de ciertas relaciones de poder (y entonces de dominación), en la preponderancia si no en la omnipresencia de relaciones humanas gratuitas y generosas. No pienso que mis estudiantes sufrieran mi autoridad «magistral», espero que hayan aprovechado de buen grado mis experiencias africanas que compartía con ellos, ¡así como espero que mi mujer y mis hijos no hayan vivido conmigo como con un tirano intratable! Y diciendo esto, evidentemente no me considero a mí mismo como una excepción sino sólo como la regla. El hecho de que haya mucho que combatir y que cambiar en las relaciones humanas asimétricas (entre las generaciones, los sexos, los ricos y los pobres, el Norte y el Sur) no debe cegarnos respecto a la normalidad duradera y a la existencia masiva de relaciones humanas hechas de asimetría aceptable.

[11] «Le patrimoine de l’humanité… trop humain?», La Revue Nouvelle, Septembre 2001, pp. 74-86.

[12] «Prêtre Ouvrier=Prêtre ujamaa», Spiritus, 61, 1975, pp. 427-436.

[13] M. Godelier (Les métamorphoses de la parenté, Paris, Fayard, 2004) mostró que es una ilusión óptica la convicción que considera a la familia nuclear como  elemento básico, primordial de la sociedad porque un conjunto más ancho precede y siempre  ha precedido « papá, mamá y 1,7 hijos».

[14] Sin embargo, la idea de una reserva de biosfera totalmente virgen es una ilusión en la altura de la pseudo naturalidad del parque inglés – ¡en la aldea planetaria que se anuncia solo quedará un jardín geometrizado a la francesa! (v. K. Thomas, Man and the Natural World, London, Penguin, 1984 para una monografía histórica estupenda sobre las relaciones [en Inglaterra entre 1600 y 1800] entre el hombre y la naturaleza).

[15] Un artículo que hace pensar mucho: S. Aumercier «Le SAMU social. De l’urgence à l’inclusion globale», MAUSS, n° 23, 2004, pp. 116-132 – ¿y si estos desgraciados tuvieran el derecho a que se les dejara en paz?


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